jueves, 12 de julio de 2007

La Sociedad de la Información en nuestros nuevos contextos

“las actuales estructuras de la información internacional fomentan la dependencia entre las naciones, legitiman las disparidades económicas existentes y contribuyen a la sincronización cultural del mundo”


Vivimos en un mundo saturado de datos, frases e íconos. La percepción que los seres humanos tenemos de nosotros mismos ha cambiado, en vista de que se ha modificado la apreciación que tenemos de nuestro entorno. Nuestra circunstancia no es más la del barrio o la ciudad en donde vivimos, ni siquiera la del país en donde radicamos. Nuestros horizontes son, al menos en apariencia, de carácter planetario.
Eso no significa que estemos al tanto de todo lo que sucede en todo el mundo. Lo que ocurre es que entre los numerosos mensajes que recibimos todos los días, se encuentran muchos que provienen de latitudes tan diversas y tan lejanas que, a menudo, ni siquiera acertamos a identificar con claridad en dónde se encuentran los sitios de donde provienen tales informaciones.

Se habla mucho de la Sociedad de la Información. ¿Qué rasgos la definen? ¿En qué aspectos resulta novedosa? ¿En qué medida puede cambiar la vida de nuestros países? ¿Qué limitaciones tiene ese nuevo contexto? La era de la información. Economía, sociedad y cultura constituye un ambicioso y original intento de formular una teoría sistemática que dé cuenta de los efectos fundamentales de la tecnología de la información en el mundo contemporáneo. Este primer volumen de la trilogía -la sociedad red- está dedicado principalmente a examinar la lógica de la red. Tras analizar la revolución tecnológica que está modificando la base de la sociedad a un ritmo acelerado, Manuel Castells aborda el proceso de globalización que amenaza con hacer prescindibles a los pueblos y países excluidos de las redes de la información. Muestra cómo en las economías avanzadas la producción se concentra en un sector de la población educado y relativamente joven, y sugiere que la futura estructura social estará extremadamente fragmentada a consecuencia de la gran flexibilización e individualización del trabajo. Por último, el autor examina los efectos e implicaciones de los cambios tecnológicos. Sin embargo, según Castells, “la observación empírica, los resultados de la investigación, de sus propios trabajos y de otros muchos, muestran el carácter contradictorio del proceso de globalización y la diversidad de las trayectorias tecnológicas y de sus efectos”.

En medio de una de las revoluciones tecnológicas más extraordinarias de la historia, la disparidad de conocimiento y capacidad científica se concentra cada vez más en términos relativos, por países, por clases, por instituciones y por organizaciones. Y los efectos de dicha revolución sobre la calidad de vida son apropiados fundamentalmente por las grandes corporaciones y sus circuitos de distribución. El control absoluto de los derechos de propiedad intelectual se convierte en el mecanismo fundamental del control de la riqueza.

El momento de eclosión de las tecnologías de libertad, en particular de Internet, pero también del conjunto de tecnologías informáticas de red, de telecomunicación de banda ancha, comunicación móvil y de computación distribuida, es también, pretexto de terrorismo y pornografía, el momento de la obsesión por la seguridad, del control de los estados sobre las comunicaciones, de la amenaza a la libertad de expresión, dentro y fuera de Internet, de la vigilancia electrónica y la invasión sistemática de la privacidad por parte de empresas comerciales y agencias de gobierno.
El momento de la innovación y la creatividad como fuentes de cambio tecnológico, enriquecimiento cultural y calidad de vida, es también el momento en el que muchas corporaciones coartan la innovación para disfrutar de rentas de monopolio y en el que la justicia persigue a los jóvenes que intentan poner música a sus vidas aunque no sean mercado para los explotadores de artistas.

En una palabra, una vez mas en la historia, la innovación tecnológica, la investigación científica, la creatividad cultural son apropiadas, manipuladas, coartadas, por los intereses y poderes que se interponen entre los productos de dicha creatividad y las personas de la sociedad de donde surge. La expropiación del trabajo se extiende a la expropiación de las mentes. Siendo así, que una buena parte, en realidad lo esencial, de las fuentes de innovación y de creación, no han surgido de la inversión de las corporaciones o de las instrucciones de las burocracias, sino del impulso creador y generosidad personal de los innovadores. Un breve recordatorio de algunos procesos de innovación tecnológica y cultural permite reflexionar en concreto sobre el debate que estamos planteando.

Hasta hace poco las fronteras entre la dimensión local y la dimensión planetaria y entre la periferia y el centro estaban bien definidas. Ahora, de manera creciente, la expansión internacional de las industrias mediáticas ha vuelto realidad el sueño, que para algunos en más de un sentido también es desvarío, que delineaba Marshall McLuhan hace treinta y cinco años. Los productos de las industrias culturales más extendidas pueden ser consumidos en prácticamente cualquier rincón del planeta. Pero los flujos de la comunicación siguen siendo unilaterales. Cada vez tenemos acceso a más información pero el apabullante caudal de datos que recibimos todo el tiempo no necesariamente nos permite entender mejor lo que ocurre en nuestro entorno inmediato y en el planeta ni comprendernos mejor a nosotros mismos.

El trabajo educativo auxiliado por los medios de comunicación es de gran importancia, principalmente en esta época de surgimiento de nuevas tecnologías y de formas innovadoras de apreciar la realidad a través de la imagen. Sin embargo, “el uso indiscriminado de los Medios en tareas educativas ofrece resultados contrarios a lo esperado” . Si bien es de gran importancia impulsar las tecnologías para la educación. Es preciso que sea con conocimiento de causa, desde la perspectiva pedagógica. “Un programa de educación virtual ha sido desarrollado en el Centro de Investigación en Cómputo del IPN denominado Espacios Virtuales de Aprendizaje que proporciona ambiente interactivo, automático y flexible para la enseñanza. En el que se pueden ofrecer cursos de diplomados y postgrados. Esto significa hacer uso de las virtudes del uso de Internet.

Hay experiencias de modalidad a distancia con el uso del Internet como el concepto de Universidad Virtual del Tecnológico de Monterrey, por ejemplo. En la EMBA tiene este servicio en el Departamento de Modalidad a Distancia que ofrece las licenciaturas en Biblioteconomía y Archivonomía, con la característica de ser de una opción viable sin embargo al parecer la conducción administrativa implica dificultades para la expansión del sistema. Tan solo por citar algunos ejemplos” (UNESCO, 1999).

En esta época se expresa la primacía de la imagen, el ver sin entender, en una lógica de crecimiento, el niño esta educado en la televisión, la que influye de manera determinante en la formación de la opinión pública. Según Sartori, habla de las posibilidades positivas del Internet las cuales integran la posibilidad de un mejoramiento para la democracia, sin embargo hay países que ven una amenaza en este recurso, en el que circulan ideas y permite a la oposición crítica cuestionar el estado de cosas de un régimen; asimismo una gran variedad de elementos culturales que se consideran contrarios a los valores de una nación que constantemente fluyen a través de la red. Lográndose nuevas formas de percibir la sociedad y los símbolos que en ella emanan.

Es por esta razón que se precisa de parte de los educadores que hacen uso de estrategias que ofrecen los medios de comunicación, que reflexionen acerca de las ventajas y desventajas que acarrea la tecnología y valoren la enorme importancia del trabajo del docente; que si bien su actuar va en el sentido de orientar, asesorar o coordinar el proceso educativo, difícilmente puede ser sustituido por las herramientas que ofrece la tecnología educativa, ya que el docente cuenta con cualidades insustituibles como; experiencia, valores de solidaridad, espíritu de servicio, reflexión pedagógica, capacidad de análisis critico, etc.

Ha surgido una “cultura de la biblioinformática” , consecuencia de la cultura de la información, la que opera mediante la interacción de computadora y las telecomunicaciones, y que “el poner al margen los estudios de la sociología de la información, ha dado como resultado que muchos trabajos importantes para el desarrollo de esta ciencia hayan fracasado, Para el estado presente, son de interés: la investigación de los factores sociales que interfieren en los procesos y sistemas de información; el investigar la conciencia de trabajo de los informadores científicos, en relación a las necesidades de la sociedad; la critica de situaciones aisladas de carácter muy técnico para las situaciones de información social”

Es necesario no dejar de lado, y realizar una exploración teórica e histórica, de la importancia de los medios de comunicación en la labor educativa, enfatizando la experiencia en México, y valorar las perspectivas que ofrecen los medios de comunicación en la educación. Es preciso cultivar el estudio de la Ciberantropología en nuestro país, considerando los usos y abusos de la información y de las nuevas tecnologías que soportan esta información, así como el considerar los peligros a que conduce el uso excesivo de los ordenadores en la enseñanza y el entretenimiento.
Las tecnologías de la información son de enorme importancia en la sociedad, estas permiten lograr toma de decisiones con mayor grado de certidumbre en el ámbito de las políticas públicas, sin embargo, una canalización errónea del uso del Internet nos conduce a una nueva alineación.
Debemos aceptar el gran avance en la tecnificación de la información, en la tecnologización del ordenamiento de la información y de los flujos a través de redes en el espacio virtual. Claro que es más sencillo y a un costo mínimo enviar un trabajo a través del correo electrónico, inclusive por fax.

Las grandes empresas mediáticas de origen y capital fundamentalmente estadounidense no son toda la culpa de la mala calidad de los productos culturales que hoy circulan por el mundo. Pero tampoco son precisamente inocentes en la conformación de ese mercado. Los recursos más poderosos de la industria de los medios suelen ponerse en juego para mostrarnos como novedad eminente de cuyo consumo no podemos prescindir, a infinidad de productos de escasa o nula calidad independientemente de cuál sea el parámetro con el que se les mida. Una de las consecuencias apreciables de la globalización, es la capacidad de esas industrias mediáticas para uniformar, al menos en algunos casos, los gustos culturales de sociedades muy diversas. En todo el mundo vemos las mismas películas y en ocasiones también los mismos programas de televisión. Pero las naciones con tradiciones e instituciones culturales de mayor densidad cuentan con experiencia, contexto y voluntad para equilibrar con productos propios los bienes mediáticos trasnacionales.

En Ecuador las películas estadounidenses constituyeron el 99.5% de todos los filmes importados en 1991. En Venezuela las cintas producidas en los Estados Unidos pasaron del 40% al 80% entre 1975 y 1993 respecto de todas las que se importaron en ese país. En Bolivia aumentaron del 44.4% al 77% entre 1979 y 1995. En México del 40% al 59% entre 1970 y 1995. En Costa Rica del 60% al 96% entre 1985 y 1995 (UNESCO, 1999).

Estas cifras no nos dicen nada nuevo pero confirman no sólo la preponderancia de los productos mediáticos estadounidenses sino, junto con ello, la capacidad de las naciones de mayor desarrollo económico y cultural para diversificar el origen de los bienes mediáticos que consumen. No existen estudios capaces de pormenorizar qué sociedades en cada país, o qué sociedad planetaria si es que la hay, se están creando al compartir la contemplación de las mismas series de televisión y la misma cinematografía. Pero el sentido común y la constatación de idiosincrasias que se mantienen nos permiten reconocer que a pesar de mirar y sufrir los mismos mensajes, nuestras sociedades siguen estando definidas por sus peculiaridades nacionales y culturales.

La televisión se ha mundializado pero no por ello tenemos aldea global. Para el sociólogo chileno José Joaquín Brunner comenta “Puede decirse que la globalización está transformando continuamente las relaciones entre el centro y la periferia, así como las propias percepciones de sí mismo y los otros dentro de ambos mundos. En eso consiste, justamente, la posmodernidad; en una cultura no canónica, hecha de combinaciones inverosímiles”. No discutimos aquí la idea de posmodernidad que algunos, a diferencia de Brunner, pretenden establecer como un nuevo paradigma de rapidez individual y de opiniones transideológicas, pero sí queremos insistir en el carácter abierto a numerosas combinaciones, interpretaciones y apropiaciones que alcanza la cultura contemporánea -seguramente la zona de fronteras más movedizas y de retroalimentaciones más abundantes entre los centros y las periferias-.

Los jóvenes de Singapur, Bogota, o Los Ángeles, compartirán comportamientos parecidos al mirar un mismo video en MTV pero la manera de apreciarlo e interiorizarse en él estará condicionada por su entorno cultural, social y nacional. Y también es desigual la oportunidad para más allá de la contemplación, ser ellos mismos actores de los medios. La posibilidad de un grupo musical integrado por jóvenes de Los Ángeles para aparecer en esa televisora es mucho mayor que la de un grupo de muchachos de Vietnam. Pero tecnologías como el video y ahora desde luego la Internet ofrecen la posibilidad de propagar globalmente expresiones y enfoques que antaño jamás iban más allá del ámbito local.

La mundialización mediática modifica las maneras de percibir la dimensión local y regional, de la misma forma que altera los alcances tradicionales de la dimensión nacional y la dimensión mundial. Los asuntos y acontecimientos en cada uno de esos planos no necesariamente se modifican por el hecho de ser conocidos en sitios en donde antes no se hablaba de ellos. Pero la percepción de esos y el resto de los asuntos y acontecimientos sí tiende a ser distinta.

La globalización, que en buena medida es un proceso mediático, nos permite reconocer semejanzas pero no por ello quedan abolidas las peculiaridades y diferencias que distinguen a nuestras sociedades. Tampoco se cierran las brechas entre los países. La velocidad e incluso la inmediatez de las comunicaciones junto con la creciente intensidad de los flujos migratorios están contribuyendo a disolver las fronteras nacionales, al menos con los rasgos que hasta ahora se les han conocido. Pero paradójicamente las fronteras creadas por la disparidad económica, lejos de suavizarse, en ocasiones se vuelven más ásperas debido al desigual acceso a los recursos mediáticos y tecnológicos.

La relación hasta ahora conocida entre centro y periferia se trastorna radicalmente entre quienes en sitios distintos comparten el uso e incluso el consumo de modernos recursos mediáticos. Es difícil hablar de periferia y centro para referirse a países, o a regiones, en donde se miran los mismos videos y se bajan los mismos programas informáticos de la Internet. Pero en cada uno de esos sitios hay algunos pocos ciudadanos con posibilidades de acceso a esos bienes culturales y muchos más que no tienen y quizá jamás tendrán oportunidades semejantes.

La sociedad de la información es una de las expresiones, acaso la más promisoria junto con todas sus contradicciones, de la globalización contemporánea. En otro sitio hemos anotado que el término Sociedad de la información ha ganado presencia en Europa, en donde ha sido muy empleado como parte de la construcción del contexto para la unión europea (Trejo Delarbre, 1996). Un estudio elaborado con el propósito de documentar los avances europeos al respecto señalaba, con cierto optimismo, que: “Las sociedades de la información se caracterizan por basarse en el conocimiento y en los esfuerzos por convertir la información en conocimiento. Cuanto mayor es la cantidad de información generada por una sociedad, mayor es la necesidad de convertirla en conocimiento. Otra dimensión de tales sociedades es la velocidad con que tal información se genera, transmite y procesa. En la actualidad, la información puede obtenerse de manera prácticamente instantánea y, muchas veces, a partir de la misma fuente que la produce, sin distinción de lugar. Finalmente, las actividades ligadas a la información no son tan dependientes del transporte y de la existencia de concentraciones humanas como las actividades industriales. Esto permite un reacondicionamiento espacial caracterizado por la descentralización y la dispersión de las poblaciones y servicios” . La sociedad de la información es, por lo tanto, realidad y posibilidad. Habría que concebirla como un proceso en el que nos encontramos ya pero cuyo punto de llegada y consolidación parece aún distante. Existiendo los cimientos para que la sociedad contemporánea despliegue sus mejores potencialidades gracias al intercambio de información -y para que la información llegue a derivar en conocimiento- no es poco lo que falta por hacer en busca de esa meta. Resulta preciso desplegar ambiciosas tareas no sólo en la cobertura de las redes informáticas (ello incluye la disponibilidad de equipos de automatización y de las conexiones necesarias para mantenerlos ligados a la Internet) sino, junto con ello, en la capacitación de los ciudadanos para saber aprovecharlas creativamente.

Cambio tecnológico, propagación de información ligada -al menos ese es el propósito- con el desarrollo del conocimiento y también con las facilidades para desempeñar diversas tareas profesionales de manera más flexible, son la faceta virtuosa de este nuevo contexto. En el anverso, se encuentran las dificultades para que esos mecanismos de información sean compartidos por la mayoría de las personas.

La necesidad de ambiciosas políticas desplegadas por el Estado para extender los beneficios de la sociedad de la información fue reconocida al menos ya durante todo el último del siglo XX. El Libro Verde de la unión europea sobre sociedad de la información apuntaba en 1996 lineamientos de políticas que han seguido teniendo plena vigencia:

1. Estamos viviendo un período histórico de cambio tecnológico, consecuencia del desarrollo y de la aplicación creciente de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). Este proceso es diferente y más rápido que cualquiera que hayamos presenciado hasta ahora. Alberga un inmenso potencial para la creación de riqueza, elevar el nivel de vida y mejorar los servicios.
2. Las TIC ya forman parte integrante de nuestra vida cotidiana, nos proporcionan instrumentos y servicios útiles en nuestro hogar, en nuestro lugar de trabajo, por todas partes. La sociedad de la información no es la sociedad de un futuro lejano, sino una realidad de la vida diaria. Añade una nueva dimensión a la sociedad tal como la conocemos ahora, una dimensión de importancia creciente. La producción de bienes y servicios se basa cada vez más en el conocimiento.
3. No obstante, la rapidez con que se introducen las TIC varía mucho entre países, regiones, sectores, industrias y empresas. Los beneficios, en forma de prosperidad, y los costes, en forma de precio del cambio, tienen una distribución desigual entre diferentes países de la unión y entre ciudadanos. Es comprensible que el ciudadano se sienta inquieto y exija respuestas a sus preguntas sobre las repercusiones de las TIC.
Sus preocupaciones pueden resumirse en dos preguntas fundamentales: La primera de ellas se refiere al empleo: ¿no destruirán estas tecnologías más empleos de los que crean? ¿Seré capaz de adaptarme a los nuevos modos de trabajar? La segunda pregunta se refiere a la democracia y a la igualdad: la complejidad y el coste de las nuevas tecnologías, ¿no harán aumentar los desequilibrios entre las zonas industrializadas y las menos desarrolladas, entre los jóvenes y los viejos, entre los que están enterados y aquellos que no lo están?
4. Para dar respuesta a estas preocupaciones necesitamos unas políticas públicas capaces de ayudarnos a sacar fruto del progreso tecnológico y de asegurar el acceso equitativo a la sociedad de la información y la distribución justa del potencial de prosperidad (Comisión Europea, 1996).
Aunque existen diversas acepciones y enfoques todos entendemos qué se quiere decir cuando hablamos de sociedad de la información. Para el investigador Manuel Castells, simplemente, “el término sociedad de la información destaca el papel de esta última en la sociedad”. Sin embargo Castells, autor de uno de los textos más sólidos y célebres sobre la nueva era a la que hemos accedido gracias al intercambio mundial de datos, prefiere referirse a la sociedad informacional. Explica: “La información, en su sentido más amplio, es decir, como comunicación del conocimiento, ha sido fundamental en todas las sociedades, incluida Europa medieval, que estaba culturalmente estructurada y en cierta medida unificada en torno al escolasticismo, esto es, en conjunto, un marco intelectual... En contraste, el término informacional indica el atributo de una forma específica de organización social en la que la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder, debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en este periodo histórico” . Castells, no obstante, denominó a su libro La era de la información. ¿Por qué ese título y no “La era informacional”? Porque después de todo, el conjunto de procesos, interrelaciones, proyectos y búsquedas que se han articulado en los años recientes alrededor de la propagación, acumulación y la identificación de datos que son posibles gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y muy especialmente gracias a la Internet, es conocida como la sociedad de la información.

“Los títulos -dice ese sociólogo catalán- son mecanismos de comunicación”. La brecha digital no desaparecerá de inmediato. Al contrario, es altamente posible que se traduzca en diferencias dramáticas en los siguientes años: una parte de la humanidad, afortunada y conectada, dispondrá de más información de la que nunca tuvo generación alguna. Al mismo tiempo las grandes mayorías padecerán una nueva marginación, la marginación informática.

Las nuevas tecnologías de la información están integrando al mundo en redes globales de instrumentalidad. La comunicación a través del ordenador engendra un vasto despliegue de comunidades virtuales. No obstante, la tendencia social y política característica de la década de 1990 es la construcción de la acción social y la política en torno a identidades primarias, ya estén adscritas o arraigadas en la historia y la geografía o sean de reciente construcción en una búsqueda de significado y espiritualidad. Los primeros pasos históricos de las sociedades informacionales parecen caracterizarse por la preeminencia de la identidad como principio organizativo. Entiendo por identidad el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye el significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales. La afirmación de la identidad no significa necesariamente incapacidad para relacionarse con otras identidades (por ejemplo, las mujeres siguen relacionándose con los hombres) o abarcar toda la sociedad en esa identidad (por ejemplo, el fundamentalismo religioso aspira a convertir a todo el mundo). Pero las relaciones sociales se definen frente a los otros en virtud de aquellos atributos culturales que especifican la identidad. El nacionalismo cultural como el objetivo de regenerar la comunidad nacional mediante la creación, la conservación o el fortalecimiento de la identidad cultural de un pueblo cuando se cree que va faltando o está amenazada. El nacionalismo cultural considera a la nación el producto de su historia y cultura únicas y una solidaridad colectiva dotada de atributos únicos.

El autor Alain Touraine va más lejos al sostener que, “en una sociedad postindustrial, en la que los servicios culturales han reemplazado los bienes materiales en el núcleo de la producción, la defensa del sujeto, en su personalidad y su cultura, contra la lógica de los aparatos y los mercados, es la que reemplaza la idea de la lucha de clases”. Luego el tema clave, en un mundo caracterizado por la globalización y fragmentación simultáneas, consiste en cómo combinar las nuevas tecnologías y la memoria colectiva, la ciencia universal y las culturas comunitarias, la pasión y la razón. Cómo, en efecto. Y por qué observamos la tendencia opuesta en todo el mundo, a saber, la distancia creciente entre globalización e identidad, entre la red y el yo.

El paso histórico de las tecnologías mecánicas a las de la información ayuda a subvertir las nociones de soberanía y autosuficiencia que han proporcionado un anclaje ideológico a la identidad individual desde que los filósofos griegos elaboraron el concepto hace más de dos milenios. Por un lado, implicaría una crisis del yo limitada a la concepción individualista occidental, sacudida por una capacidad de conexión incontrolable. No obstante, la búsqueda de una nueva identidad y una nueva espiritualidad también está en marcha en el Oriente, pese al sentimiento de identidad colectiva más fuerte y la subordinación tradicional y cultural del individuo a la familia.

Por otro lado, también deben hallarse los elementos de un marco interpretativo más amplio que explique el poder ascendente de la identidad en relación con los macro procesos de cambio institucional, ligados en buena medida con el surgimiento de un nuevo sistema global. Así, como Alain Touraine ha sugerido, relacionar las corrientes extendidas de racismo y xenofobia en Europa occidental con una crisis de identidad por convertirse en una abstracción (europeas), al mismo tiempo que las sociedades europeas, mientras veían difuminarse su identidad nacional, descubrieron dentro de ellas mismas la existencia duradera de minorías étnicas (hecho demográfico al menos desde la década de 1960). O, también, en Rusia y la ex Unión Soviética, el fuerte desarrollo del nacionalismo en el periodo poscomunista.

El surgimiento del fundamentalismo religioso parece asimismo estar ligado tanto a una tendencia global como a una crisis institucional. Sabemos por la historia que siempre hay en reserva ideas y creencias de todas clases esperando germinar en las circunstancias adecuadas. Resulta significativo que el fundamentalismo, ya sea islámico o cristiano, se haya extendido, y lo seguirá haciendo, por todo el mundo en el momento histórico en que las redes globales de riqueza y poder enlazan puntos nodales e individuos valiosos por todo el planeta, mientras que desconectan y excluyen grandes segmentos de sociedades y regiones, e incluso países enteros. ¿Por qué Argelia, una de las sociedades musulmanas más modernizadas, se volvió de repente hacia sus salvadores fundamentalistas, que se convirtieron en terroristas (al igual que sus predecesores anticolonialistas) cuando se les negó la victoria electoral en las elecciones democráticas? ¿Por qué las enseñanzas tradicionalistas de Juan Pablo II encuentran un eco indiscutible entre las masas empobrecidas del Tercer Mundo, de modo que el Vaticano puede permitirse prescindir de las protestas de una minoría de feministas de unos cuantos países avanzados, donde precisamente el progreso de los derechos sobre la reproducción contribuye a menguar las almas por salvar? Parece existir una lógica de excluir a los exclusores, de redefinir los criterios de valor y significado en un mundo donde disminuye el espacio para los analfabetos informáticos, para los grupos que no consumen y para los territorios infracomunicados. Cuando la red desconecta al Yo, el Yo, individual o colectivo, construye su significado sin la referencia instrumental global: el proceso de desconexión se vuelve recíproco, tras la negación por parte de los excluidos de la lógica unilateral del dominio estructural y la exclusión social.

A modo de conclusión, el texto aunque se basa en datos de diversos tipos y en análisis y relatos de múltiples fuentes, no pretende exponer las teorías existentes sobre el posindustrialismo o la sociedad informacional. La metodología seguida en este ensayo, cuyas implicaciones específicas se exponen está al servicio del propósito de este empeño intelectual: proponer algunos elementos de una teoría transcultural y exploratoria sobre la economía y la sociedad en la era de la información, que hace referencia específica al surgimiento de una nueva estructura social. El amplio alcance del análisis lo requiere la misma amplitud de su objeto (el informacionalismo) en todos los dominios sociales y las expresiones culturales. Pero de ningún modo pretende tratar la gama completa de temas y asuntos de las sociedades contemporáneas, sobre todo de la lógica de lo que denominó la red, mientras analiza la formación del yo y la interacción de la red y el yo en la crisis de dos instituciones centrales de la sociedad: la familia patriarcal y el Estado nacional. Nos ocupa de forma más directa de los procesos específicos del cambio histórico en diversos contextos, por cumplir dos metas: basar el análisis en la observación, sin reducir la teorización al comentario; diversificar culturalmente las fuentes de observación y de ideas al máximo. Este planteamiento proviene de la convicción de que hemos entrado en un mundo verdaderamente multicultural e interdependiente que sólo puede comprenderse y cambiarse desde una perspectiva plural que articule identidad cultural, interconexión global y política multidimensional.

Reconocer esas desigualdades constituye el primer paso para comenzar a superarlas. Las empresas y los ciudadanos pueden hacer mucho en el abatimiento de los desniveles informáticos pero esa tarea corresponde, junto con ellos, a los Estados. Sólo con políticas estatales (y regionales incluso, amalgamando los recursos de varios países) la información será un bien de la sociedad y no simplemente la nueva riqueza para quienes ya son privilegiados en otros ámbitos. En la construcción de esas políticas públicas es pertinente advertir qué es y qué puede ser, con todas sus ventajas y limitaciones, la sociedad de la información.


“La perspectiva sociológica es un criterio amplio, abierto y emancipado de la vida humana. En el mejor de los casos, el sociólogo es un hombre que gusta de otras tierras, interiormente abierto y emancipado de la vida humana, ávido de nuevos horizontes y de nuevos mundos con significado humano”

El texto expuesto anteriormente se extrae del : ensayo de la cátedra Teoría Sociantropológica aplicada a la educación. elaborado por Robinson Marchant compañero de curso del magister en Educación mención Informática Educativa , impartida por la Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Sociales, año 2007.



Bibliografía

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Trejo Delarbre, Raúl. La nueva alfombra mágica. Usos y mitos de Internet, la red de redes. Fundesco, Madrid, 1996, 276 pp. El libro completo está disponible en: http://www.etcetera.com.mx/LIBRO/ALFOMBRA.HTML
Tu obra. Disponible en: http://
www.tuobra.unam.mx

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